Las taparas del Diablo; un adelanto.


(Especial) En su último relato, Las taparas del Diablo, el joven escritor venezolano de ascendencia cubana, Franklin Marchetti, vuelve a impresionarnos al presentarnos lo que se ha venido conociendo como Crónicas de Ficción, genero de cuentos urbanos que frisa con lo fantástico sin perder el hilo narrativo y toda aquella coherencia cronológica de las crónicas.

Las taparas del Diablo cuenta la historia del asesinato de un popular mendigo de las calles de Puerto La Cruz, a finales de la década de los 70, y que era conocido por el remoquete de Manchola, el cual habría sido objeto de un horrible crimen a manos del pulpero de este pueblo ubicado en la provincia del oriente venezolano. El pulpero, de nombre Saturnino Matías, luego de cometer el macabro homicidio, habría descuartizado al pobre infeliz para sepultarlo al pie de un misterioso árbol de taparas que había en un terreno baldío en el lindero de su propiedad del centro de la ciudad. A parir de allí se desencadenan una serie de hechos que terminan despertando la curiosidad del autor del relato, que para la sazón contaba con 9 años de edad, y que conllevan a dar con el tétrico hallazgo. En medio del relato se adentra al lector en el culto a este extraño árbol, conocido muy bien por los indios Cumanagotos, ancestrales pobladores de esa región costera del país y que profesaban culto al totumo, planta medicinal y sagrada para su etnia.

El simbolismo religioso, siempre presente en los relatos de Marchetti, vuelve a las páginas de Las taparas del Diablo al introducir un crucifijo jesuita en la mismísima escena del crimen, quizás tratando de evocar los sangrientos pasajes de la historia oriental en los cuales sacerdotes jesuitas contribuyeron con el extermino de la impresionante cultura Cumanagota, protectora de la tapara; sin embargo la presencia o no de este símbolo de los jesuitas en la fosa donde se encontraron aquellos restos humanos continuará siendo un misterio en si mismo, pues, al no existir con vida otros testigos presenciales, queda en manos del lector intuir cualquier relación en el entrelineado de la historia.

¿Cuál es la diferencia entre la crónica de una comunidad y la Crónica de Ficción?

La Crónica es un relato proveniente de las memorias de una comunidad, es en parte historia y en parte anécdotas puntuales que tuvieron un lugar y un tiempo determinado, es una breve historia lineal. En cambio la Crónica de Ficción, a pesar de partir de un relato sustentado en hechos y sucesos reales, comprobables, agrega a él elementos provenientes de las llamadas leyendas urbanas. Toda comunidad contiene un gran número de estos mitos los cuales pudieran ser o no ciertos, pero han sido acepados como verdaderos. Adicionalmente a esto el imaginario colectivo ha creado el ambiente necesario para que tales relatos perduren en el tiempo, sin embargo, al pasar de una generación a otra, estas tradiciones sufren adiciones que muchas veces terminan ubicando la crónica más en el terreno de la superstición urbana que en el de las crónicas, de allí el termino Crónicas de Ficción. La idea es que el lector no sepa a ciencia cierta dónde termina la realidad y dónde inicia la fábula.

¿Puede darnos ejemplos puntuales de algunas Crónicas de Ficción?

Son muchas, aquí en Puerto La Cruz por ejemplo se cuentan por docenas, qué te puedo decir: el cuento del decapitado que aparece en el edificio Timma de la avenida Municipal, que se trata de un niño que murió en Arapito hace veinte años al pasarle una lancha encima de él y que vivía allí; el fantasma de la enfermera que salía en el antiguo Puesto de Socorro; La mujer pianista que flota en la calle Guaraguao por las madrugadas; El vigilante que aparecía en las noches de víspera de San Juan en el antiguo Restaurante El Rivero de la calle Bolívar; el médico desconocido que pasa revista en la madrugada en la Policlínica de Puerto La Cruz; a ello le sumamos otras más de reciente data como las almas en pena que deambulan por la avenida 5 de Julio y que incluso han sido fotografiadas, y ahora la llamada “maldición de la Cruz y el Mar” que recayó sobre el paseo Colon y algunos concejales de Sotillo al pretender cambiarle el nombre a este sitio ancestral de la ciudad. Cada una de estas leyendas se pierde entre la realidad y la ficción.


1"La maldición de la Cruz y el Mar" recayó sobre quienes pretenden cambiar el nombre al Paseo Colon.

¿Qué puede decirnos sobre su último relato Las taparas del Diablo?

Las taparas del Diablo representó para mí una experiencia única e irrepetible. Haber logrado relatar de forma tan breve todo lo que rodeó la desaparición de un conocido indigente de mi ciudad natal, y a quien en el relato menciono como Manchola, para mí fue, más que un compromiso editorial, un reto y un desahogo. Además que me permitió redescubrir toda la magia y el esoterismo que encierra este árbol ancestral cuyo fruto es la tapara y que era un secreto de las etnias cumanagotas transmitido de labios a oídos, de generación en generación. Esta Crónica se enmarca en el Puerto La Cruz de finales de la década de los 70, con una ciudad pujante, de futuro prometedor y de humildes habitantes con espíritu de pueblo. De allí que subrayo desde un principio el peso de la iglesia y sus sacerdotes en nuestro quehacer cotidiano. En este relato me propuse traer de nuevo a la memoria del lector aquellos personajes y lugares que han quedado sepultados en la memoria de esta generación y que la nueva desconoce totalmente...

¿Cómo cuáles?

Me refiero a personajes como el negro Barrera, que por años fue el repartidor de telegramas de la oficina postal telegráfica de Puerto La Cruz, todo un personaje a quien le debo un trabajo especial dedicado sólo a él; también menciono a Tony, el heladero de mi escuelita –la Tusa-, a varios de nuestros nobles bodegueros, oficio prácticamente olvidado en el centro de la ciudad, por ejemplo, señalo a Santos de la calle Guamache; Silvita, de la Flores; al señor Ballo, de la Arismendi, y por supuesto a Don Saturnino coprotagonista del relato.

¿Por qué aguardó más de 30 años para dar a conocer la verdad sobre la muerte y posterior hallazgo de los restos de Manchola?

Hay secretos que uno decide llevarlos consigo hasta la tumba, sin embargo algo muy adentro de mí me decía que debía contarlo. No es nada más el hecho lamentable de la forma cómo murió Manchola, para mí lo realmente impresionante son todos esos elementos magísticos que rodearon ese crimen, me refiero al misterio de aquel árbol de taparas que existió en el terreno lateral a nuestra casa en el centro de Puerto La Cruz, la metamorfosis que sufrieron sus frutos luego de haber sido enterrado Manchola a sus pies, eso no tiene explicación científica, ¿cómo explicar algo así? Las apariciones que desde mucho tiempo atrás se daban en esa mata, en fin, ficción o no, leyenda urbana o realidad, alrededor de esa planta algo incomprensible pasó.

¿Y los locos?

Los locos o indigentes son para mí un verdadero reto. Poder contar la historia de cada uno de ellos representa una verdadera obsesión. Ellos son los personajes más pintorescos de cualquier relato, claro nada que ver los locos de hace 30 años con lo que hoy vemos tirados acabándose en nuestras aceras; aquellos eran mendigos sanos, con los que hasta se podía mantener una conversación, a pesar que en muchos casos eran los verdaderos “cocos” con los cuales nuestras madres nos asustaban.

¿De dónde le surge la idea de contar cuentos con locos como protagonistas?

Creo que me di cuenta de la importancia que estos personajes tienen en una comunidad pequeña cuando leí la historia de Quírico, en el cuento de Alfredo Armas Alfonzo titulado: La cresta del cangrejo, y fue cuando me dije: “pero, si en Puerto La Cruz nosotros tenemos también nuestros propios locos”, y comencé de inmediato a investigar seriamente sobre ellos y sus modus vivendis; de esa forma conocí las historias del loco “Truma”, de “Querosén”, “Puyita”, “Lambío” y de “Lazara”, entre tantos otros que preferí no nombrar aún y dejarlos para futuros relatos.

¿Y el crucifijo jesuita que usted encuentra en la fosa donde ocultaron los restos de Manchola tiene algún significado adicional?

Muy interesante su duda y lo que puedo decir, «por ahora», es que para aquel momento cuando sólo era un niño no sabía que ese crucifijo pertenecía a la «Compañía de Jesús», eso lo descubrí con el tiempo al recordar que la forma de ese Cristo era diferente a los que comúnmente uno conoce, claro, el hecho de que Don Saturnino usara un crucifijo jesuita y que posteriormente lo colocara por fetichismo donde enterró los restos de Manchola, no quieren decir que esa organización tenga algo que ver con aquel crimen, ficcionado o no; lo que menos deseo es meterme con la «Compañía», para mí se trata de gente muy seria y dedicada por completo a sus asuntos de defender al Papa y esas cuestiones religiosas.

¿Y qué puedes decirnos de los supuestos poderes que poseen las taparas?
“Esta planta es un verdadero milagro de la naturaleza, un regalo sin igual que hicieron los dioses a la humanidad; alguien dijo una vez que sin las taparas y los caballos aún estaríamos en la edad de piedra”.


Las taparas o Crescentia cujete, son definitivamente frutos de enormes poderes mágicos y de notables propiedades curativas, con los que nuestros antepasados remotos, los Cumanagotos, confeccionaron objetos y todo tipo de instrumentos sagrados; la mayoría de las cosas fabricadas con la fruta del árbol de taparas tienen fines sacrosantos. Aprendí que los indios Cumanagotos respetaban enormemente el totumo, incluso todos sus médicos –llamados por ellos piaches-, curaban con objetos de ese tipo, y por ellos sabemos que las maracas elaboradas con taparas poseen la capacidad de ahuyentar a los malos espíritus, y especialmente brindan gran protección a niños que ven ánimas en sus primeros años. Yo no sabía nada de esto hasta que investigué en profundidad a la cultura de los antiguos Cumanagotos, quizás motivado a que mi abuela materna fue princesa cumanagota, por eso estudié todo lo relativo a esa etnia, en especial las crónicas que dejaron los frailes españoles que llegaron al oriente venezolano en los duros años de la conquista.

¿Cómo era confeccionado este instrumento mágico?

Nuestros antepasados lo hacían de la misma forma que en la actualidad: después de asada y extraída la pulpa de la tapara, y agujereada convenientemente, se le introducen semillas de capacho y un palillo o mango que sirve para agitarla. Se construía así sonajeros de diferentes tamaños que podían llevar grabados y adornos, especialmente plumas de ciertas aves. A este objeto lo denominaban “maraka” en varias lenguas aborígenes americanas, incluidas la Caribe y la Arahuaca.

Maraka, en lengua indígena, es un vocablo que significa «cráneo o calabaza, celestial o divina». Otros investigadores agregan que la maraka, «en lo antiguo fue instrumento sagrado característico en el ritual de los piaches indígenas»

Algo de eso nos decía, con lenguaje lírico, el investigador barloventeño Pedro Lhaya en su poema titulado Aútshi y Wanülü, nombres guajiros, respectivamente, del piache y del espíritu malo que aquél debe vencer. La estrofa reza así:

«Aútshi llegó con la esperanza
sobre un caballo de ceniza,
iluminado de elixir negro
tocado de sobria alegría.
Con la maraca sagrada
del esotérico rito antiguo,
y en su sangre de estirpe mágica
el eco de los exorcismos.»
(Lhaya, 1957, p. 44)

Y si recordamos el encuentro que tuvo el catire Florentino con el Diablo, por allá en tierras de Santa Inés, según Alberto Arvelo Torrealba, en uno de sus versos cuando el Demonio parece tomar fuerza, el héroe del llano venezolano lanza esta copla en la cual hace alusión al instrumento mágico de la maraca y, un poco después, nada más que a la propia tapara:

«La voz cuando se condene.
Mientras el cuatro me afine
y la maraca resuene
no hay espuela que me apure
ni bozal que me sofrene,
ni quien me obligue a beber
en tapara que otro llene.
Coplero que canta y toca
su justa ventaja tiene:
toca cuando le da gana,
canta cuando le conviene.»


Por su parte el franciscano Antonio Caulín nos dejó la siguiente cita:

«Veamos ahora quiénes son estos Piaches, o brujos... Estos son los Médicos de los Indios. Estos forman sus Escuelas en lo más retirado de los montes, donde bailan a obscuras, y hacen que invocan al demonio con muchas y horribles mudanzas, flautas y maracas, y con estas ceremonias crían tales créditos de brujos con los demás Indios, que presumen, son los Señores de la vida, y de la muerte, por verse respetados, y de todos temidos»

Las maracas eran utilizadas no sólo en las curaciones y en los ritos de iniciación, sino también en adivinaciones y otras ceremonias, como matrimonios, exequias y bailes propiciatorios. La maraca era en manos del piache un medio para facilitar la comunicación con los espíritus, y sólo él conocía sus secretos. Sin embargo, «parece que en contadas ocasiones podían tocar las maracas, además del piache, otros miembros de la tribu». El mestizaje implicó que con el tiempo las maracas fueran perdiendo, «aun entre los mismos indios, su carácter sagrado».

Finalmente, ¿cuándo publican Las Taparas del Diablo?

En estos momentos estamos concluyendo los arreglos para su publicación; adicionalmente estoy seleccionando algún otro cuento breve que no tenga compromisos ni que esté pendiente de veredicto en algún concurso y así podamos incluirlo en la publicación, espero que para junio, luego de la víspera de San Juan, ya podamos salir al público, mientras, continuó trabajando en el tema de las Crónicas de Ficción.