EL AMOR NO CORRESPONDIDO

 

Por: Dr. Bismarck Pinto Tapia
Universidad Católica Boliviana "San Pablo"




El amor es una experiencia que necesariamente duele. Amar es jugarnos completos por el otro desconocido. Es un gran riesgo. El extraño puede o no corresponder a nuestro amor, si lo hace estaremos en la obligación de mantener un vínculo recíproco, si no tendremos que recuperar los trozos de nuestra alma que quedan esparcidos en el terreno del juego amoroso.

Cuando amamos de verdad debemos asumir que la amada tiene derecho a querernos o no querernos, se trata de su responsabilidad, no de la nuestra. Si nos ama, bien, sino debemos dejar marchar. Amar es 
desear la felicidad del otro a pesar de nosotros, de ahí que si el amante no es feliz al lado nuestro, porque lo amamos, lo dejamos partir.

La capacidad de afrontar un amor no correspondido se relaciona con nuestra historia de apego: si en nuestra infancia hemos obtenido seguridad emocional gracias a la protección adecuada de nuestros cuidadores, entonces seremos capaces de soportar las separaciones afectivas, en cambio, si nuestra historia de protección tiene que ver con la ansiedad o negligencia, será más difícil soportarlas.

Si bien el estilo de apego recibido es un factor importante en la forma cómo las personas establecen sus vínculos amorosos, también lo son las experiencias de pareja previas. Por ejemplo, el haber tenido una relación tortuosa, donde la persona fue víctima del control y la posesión, en la siguiente relación lo más probable es que se evite la intimidad por miedo a repetir la historia.

El dejar partir es un requisito de toda vinculación afectiva madura, implícitamente todo encuentro incluye la posibilidad de despedida. Una historia que refleja dicha relación intrínseca del amor es la que relata Antoine de Saint Exupèry en el Principito:
“Así el principito domesticó al zorro. Y cuando se aproximó la hora de la partida:
- Ah! - dijo el zorro... - Voy a llorar.
- Es tu culpa – dijo el principito -, yo no te deseaba ningún mal pero tú quisiste que te domesticara.
- Claro – dijo el zorro.
- ¡Pero vas a llorar! – dijo el principito.
- Claro – dijo el zorro.”


La ingenuidad del Principito se manifiesta en su incredulidad de que algo tan bonito como crear lazos termine de manera dolorosa, el Zorro, entonces le hace comprender el por qué la rosa que el pequeño príncipe dejó en su planeta es única en el mundo:
“Es el tiempo que has perdido en tu rosa lo que hace a tu rosa tan importante”.

Si no hubiéramos amado a la persona que ahora nos deja, no nos dolería su alejamiento. Amar a alguien es como hacer una inversión a ciegas: lo damos todo por un desconocido. Puede pasar que luego nos sintamos a gusto con esa persona, pero esa persona puede o no sentirse a gusto con nosotros. Lo más grave es cuando consideramos a esa persona el hombre o la mujer de nuestra vida, pero no somos lo mismo para ella. El dolor es inevitable.

Muchas personas evitan entregarse plenamente por miedo a la intimidad, son principitos y princesitas que prefieren huir de los vínculos porque no toleran la idea de la separación. Inevitablemente los encuentros van seguidos de despedidas. Aún cuando el amor es correspondido, debemos desprendernos de las imágenes de las que nos enamoramos para dar la bienvenida a la nueva persona que se encuentra debajo de ellas.
El amor nos devela, nos arranca las máscaras que llevamos pegadas a la piel, nos muestra quiénes somos y quién está con nosotros. Puede ocurrir el encanto o el desencanto, los que no necesariamente son recíprocos: uno se encanta y el otro se desencanta.

Lo ideal es que ambos se encanten o ambos se desencanten, en el primer caso acordarán seguir construyendo la relación, en el segundo: la romperán. ¿Qué se hace cuando uno está hechizado y el otro desencantado? Es ahí que el amor exige la madurez de los amantes, ambos deberían aceptar la decepción, el primero dejar partir y el segundo decir adiós.

Sin embargo, algunas personas son incapaces de soportar la decepción, quieren ser amados aunque no lo sean. Entonces surge la manipulación a través de diversas estrategias: genera culpa a través de amenazas de suicidio o de cualquier acto auto punitivo, produce miedo amenazando de muerte a la persona o a gente querida, actúa con violencia, chantajea con secretos que conoce, crea intrigas entre amigos y/o familiares, etcétera. Si tienen hijos, se los involucra en el problema para evitar la separación.

Algunas personas que se dan cuenta que su consorte no es lo que quieren para su vida pueden negarse a sí mismas su descubrimiento para evitar lastimar al otro o para mantener las apariencias, buscan pretextos para continuar juntos o alientan falsas esperanzas, sin reconocer que el cambio no depende de ellas, no entienden que el amor no es un instrumento para cambiar al otro y se embarcan en una misión paradójica: ya no lo aman porque no lo aceptan ni toleran, pero quieren a través del “amor” convertirlo en lo que les hubiera gustado que sea.

Amar obliga a la aceptación total del otro, incluyendo virtudes y defectos. Si hay amor existe libertad y la persona amada cambia porque quiere, no porque es amada. El amante debe aprender a querer lo nuevo que aparece o a tolerarlo; si no puede, debe reconocer que no es capaz de amar las nuevas cosas del otro y si éstas son inconciliables con los valores de la persona, lo mejor será decir adiós.

La confianza y la tolerancia son dos pilares indispensables para continuar una relación de pareja. No es posible estar seguros del amor del otro, por eso es indispensable confiar. Es un error reemplazar la confianza por el control porque el poder reemplazará rápidamente al amor y luego se producirá la violencia. Otro error es insistir en que el otro cambie y dedicarse a verificar las mudanzas solicitando a la vez sinceridad incondicional, lo que se generará será un juego de persecución definiendo una relación materno/ paterno – filial.

Un amor bien sucedido no necesariamente define una relación eterna. Es posible que en el camino se produzca el desencanto debido a los cambios en uno y en el otro, también lo es que alguno o ambos dejen de quererse.

Los tres riesgos nefastos que corren los amantes son: dejar de amarnos, dejar de amarte o que dejes de amarme. Lamentablemente si existe amor indefectiblemente se enfrentan esos peligros. El amor ofrece incertidumbre, es el poder el que da certeza. Si no se afronta el desamor, éste puede convertirse en odio y en lucha de poder. Poseer al otro a través del miedo o la culpa permite evitar la despedida y por lo tanto un nuevo encuentro.

El poder evita el reencuentro con el amante y así conseguir la renovación de la relación. Pero también impide la posibilidad de estrechar lazos con otra persona, porque es imprescindible cerrar las cosas pendientes con quien se estuvo antes.

Sin embargo, existe el riesgo benéfico: que al desencantarse se encanten aún más de lo que estaban antes al descubrir nuevas cosas en el otro, produciéndose así una renovación del vínculo amoroso anterior. El amor lo exige: sin libertad no es posible amar.

No hay comentarios: