La horca de Paulo Coelho

http://manuelmoramorales.com/.- En mi adolescencia apareció un fabulista llamado Carlos Castaneda, el cual envió al infierno a no sé cuántos jóvenes que creyeron poder alcanzar el paraíso de la sabiduría bebiendo una tisana de Datura, como hacían don Juan y don Genaro, los protagonistas de sus falsos relatos etnográficos. Durante años, Castaneda vendió millones de libros y, quizás, aún le llegue algún derecho de autor al Más Allá donde actualmente se encuentra, si la palabra actualidad tiene algún significado después de estirar la pata.

Antes que él, las tiernas cabezas de los jóvenes y de los adultos más ingenuos (que suelen tener el mejor corazón, por cierto) eran horneadas por un tal T. Lobsam Rampa, que se proclamaba lama del Tibet y explicaba hasta el más nimio detalle sobre cómo había que proceder para abrir el tercer ojo y acceder al nirvana en cualquier tercer piso de la calle General Sanjurjo o  de la Avenida Primo de Rivera. Cuando la prensa descubrió que Logsam era el oficinista londinense Cyril Hoskin, que jamás había estado en Asia, ya  fue demasiado tarde: sus innumerables libros habían hecho su labor depredadora de manera concienzuda, a lo largo y ancho de varios continentes. Y, una vez descubierto el fraude, al parecer, vendió aún más, como le sucedió a Ana Rosa Quintana, salvando las transferencias (y no precisamente autonómicas).



Hubo más gurús-profetas-escritores iluminados por la oscuridad del infierno (Manrique-Manganelli dixit), que es el vender. Vaya que si hubo. Y hay. Uno de los últimos es un psicólogo argentino con más sabiduría que los ratones colorados, el cual ha logrado la no desdeñable hazaña de hacer leer alguna línea a personas que odiaban hasta los rótulos que identifican a los invitados de la telebasura. Pero antes de este ilustre prototipo de vendedor de crecepelo, apareció un brasileño llamado Paulo Coelho con un  discurso aliñado con una salsa rancia, compuesta, sobre todo, por conceptos entresacados de las malas traducciones gringas de cualquier santón oriental o sufi que haya escrito media página de chistes con moraleja.


La receta de Coelho suele ser infalible, siempre que la prepare el cocinero adecuado. Se trata de cocinar el mismo plato que sirvieron Rampa y Castaneda en la década de 1970. Ya vimos que les fue bien en el vender. No obstante, hay que ser prudente: uno puede escribir ensalzando -o ensalsando- cualquier estupidez, pero jamás ha de poner en duda las buenas intenciones de la religión dominante y de la política dominadora. Lo mejor es convertirse en un cocinero conservador, rancio como el tocino viejo, partidario de la mano dura y de los milagros y de las loterías  que rescatan a uno de la muerte y de la pobreza. Así te dejarán tranquilos, porque estás trabajando en la misma dirección, empujando en el buen sentido, aunque te encuentres en los márgenes, raspando el caldero. Incluso te  prenderán una medalla inventada por Napoleón en 1802 o alguno de la miriada de ministros iletrados puede tener la genial idea de solicitar que te concedan el Premio Nobel, porque encontró a su señora en la cama con un libro tuyo en las manos, abierto por la página 13, su número de la suerte.

Hace unos días, leí en una revista dominical un artículo de Coelho. Ensalzaba la presencia de símbolos que  les recuerden a los ciudadanos la posibilidad de ser castigados con la pena de muerte si se portan malamente. Así, este sabio de tres al cuarto se mete a contar una historia en la que un jefe delincuente árabe, arrepentido y convertido por un franciscano (el autor y los jesuitas no deben tener buenas migas, desde su época de colegial),  levanta en los montes Pirineos un cadalso con una horca.

Una vez terminada en secreto su siniestra obra de carpintería, se sube a ella y arenga a sus muchachos a ser buenos. Eso sí, sin nombrar para nada la horca que estaba preparada a sus espaldas. Y la mayor parte se dedicó a la agricultura mientras otros cogieron la de villadiego, todos temerosos de que sufriera algúnirreparable daño su coelho.

Me da la impresión de que la intención solapada de este tipo de escrito pasa desapercibida a gran parte de los lectores, pero que su podrida esencia va formando un poso oscuro en quienes lo reciben, decantándoles inconscientemente hacia la necesidad de instaurar la pena de muerte para acabar con la delincuencia.

LobsamRampa notese el parecido con Coelho
Hay una parte de la sociedad que ama la sangre derramada, incluso no le importa que esa sangre pertenezca a un criminal, si no hay otro remedio. De sobra sabe esa gente que la pena de muerte no disminuye el número de asesinatos y que preparar la guerra no es garantía para conservar la paz. Sin embargo, siempre veremos que hay personas posicionadas junto a quien declare una guerra o sentencie a la silla eléctrica. Continuamente, aparecen almas buenas con la intención de asesinar legalmente a quien se ponga por delante.

Volviendo al artículo del santón brasileño,  he de reconocer que la historia contada  no puede tener una conclusión más reveladora: muchos años más tarde, una vez todos los habitantes del pueblo han demostrado que serán buenos eternamente, su ex jefe, desmonta el cadalso y lo sustituye por una cruz.


Bravo, Paulo Coelho. Ya puedes dormir tranquilo. Estoy seguro de que el domingo pasado, tan pronto el bueno de Tomás de  Torquemada leyó tu escrito, se puso a gestionar un sitio preferente para tus rancias posaderas en la Gloria. Amigos hay que tenerlos hasta en el Cielo.

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