25 de enero: Día de la emancipación de la Conciencia

Hoy he decidido compartir con los muchos lectores de mi epónimo blog un experimento que he venido realizando desde hace ya cuatro meses y cuyo conejillo de indias resultó ser este servidor que les escribe. Comencé provisto de todo el conocimiento que heredé de Mario Bugne y su trillado librillo: “La ciencia, su método y su filosofía”, que –según los entendidos, entre ellos mi ex profesor de Ciencias de la Tierra del Calatrava, Antonio “Patón” Lugo-  es el libro de cabecera de todo buen científico o al menos de quienes inician sus pasos por ese riguroso camino.

Todo arrancó el domingo 25 de enero, entre las 5 y 6 de la tarde –nada que ver con el famoso juego hípico, por si acaso-   cuando, de improviso, mi existencia dio un giro que de acuerdo a la arcotangente del angulo estimo fue de 45 grados inicialmente y posterior de 180 grados. Ese inolvidable día por cuestiones que sólo el Destino puede explicarme cabalmente, hube de abandonar el que hasta ese momento fue «mi hogar», dejando atrás recuerdos, objetos, la gran mayoría de mis libros –que más tarde logré recuperar en parte-, y los que fueron o son mis seres queridos.

Tras ese golpe del Destino debí refugiarme en un espacio en construcción de mi propiedad que para ser sincero con ustedes no estaba apto para ser habitado, sin embargo al no tener alternativas a la mano, pues los domingos no son el mejor día para iniciar la segunda parte de tu vida, tuve que medio acondicionar ese local para que albergara “mientras tanto” a mi fiel gato Cucho  y a mi compungido cuerpo físico.

Días después, y aunque aún no asimilaba del todo el tortazo de haber sido conminado a separarme de quién hasta ese momento fue y/o aseguraba ser mi pareja, ya gran parte de mi familia se comenzaba a dar por enterada de manera «oficial» de lo ocurrido. Como siempre la prudencia entre los consanguíneos imperó y nadie, absolutamente nadie, me llamó para preguntarme vainas que estaban a la vista y que por supuesto no requerían de anteojos.

 A todas estas algunos de mis parientes comenzaron a hacerse la pregunta de rigor: ¿Dónde está viviendo Franklin? Pronto supieron de aquel espacio inhóspito al cual tanto le debo y que llegué a llamar por cariño “mi refugio”. Fueron casi dos meses conviviendo en ese solitario rincón con la única compañía de mi gato Cucho. Fue entonces cuando recibí de manos de mi hermanita Desiree, –uno de esos seres maravillosos que vengo conociendo desde hace varias vidas atrás- una inolvidable muestra de solidaridad familiar: me envió una colchoneta y un televisor a color.

Llegaba en ese momento a las 10 semanas desde aquel  día “D” y, habiendo asumido el “golpe de Estado”, me encontré allí, haciendo la «reingeniería de mi vida personal», sentado en una silla plástica con mis manos apoyadas en el mentón y mirando fijamente el televisor que hasta el momento no había tenido la oportunidad de encender desde que mi solidaria hermana lo enviara con una nota que decía: “Para ti papi, para que te distraigas un poquito por las noches”. Fue cuando me percaté que, ciertamente, desde que mudé mi centro de operaciones a ese lugar ¡no había visto televisión en lo absoluto!

Resultó un descubrimiento sin igual. No había visto en tanto tiempo la tele, entonces me dije:       “si he podido sobrevivir por dos meses y medio sin ver TV, ¿será que puedo llegar a los tres meses sin engancharme a ese aparato?”
 Para ese momento apliqué el primer paso del método científico pero sobre mi mismo: la observación. Comencé preguntándome qué cosas o hábitos de mí personalidad habían sido afectados ante la ausencia tan prolongad de televisión….


Fue una época difícil para mí, pues mi telenovela favorita, la que había venido siguiendo desde meses atrás, estaba en su etapa cumbre.  La última vez que recordaba haber visto a “Avenida Brasil”, estaban a punto de descubrir toda la tramoya que había tejido Carmina en contra del inocentón de Tifon y  la joven protagonista.

Creo que lo más duro para mí fue no llegar a saber cómo terminó todo aquello.
Lo primero que noté fue que mi costumbre de ir a la cama pasada la media noche había desaparecido para dar paso a una hora más temprana y decente como las 9:00 PM,  salvo casos fuera de lo normal. De la misma forma comencé a leer más horas a mis autores favoritos, Paulo Coello, Samael Aun Weor, Julio Verne, Rómulo Gallegos, Poe, Losamp Rampa, Ernesto Sábato; en fin, me convertí en todo un intelectual, un ratón de libros, incluso retomé la lectura de los maravillosos poemas de Pablo Neruda.  También me di cuenta que disfrutaba mucho más las visitas de mis amigos al no recibirlos con la televisión a todo volumen lo que me permitía aprovechar mejor sus estadías.

Al llegar a los tres meses me di cuenta que recordaba mucho mejor mis experiencias en el mundo de los sueños o «mundo astral» -como le conocen los estudiosos de lo que está más allá de lo físico-, al punto que comencé de nuevo un diario sobre las mismas, pues al no ser ya esporádicas y poder recordarlas con mayor claridad al momento de despertar me resultaba bien fácil llevar un registro de todos ellos con lujos de detalles como: lugares visitados, personas a las cuales contactaba, colores… en fin detalles pormenorizados.

También, como efecto secundario noté que al no ver televisión tampoco me colapsaba por la “grave situación  del país” y al primer mes me percaté de que bajó notablemente mi nivel de stress social, al punto que hasta decidí iniciar caminatas por las tardes y hacer más actividad física.

Fue entonces al llegar al 25 de abril que me senté de nuevo, esta vez en una modesta casa que renté en el centro de la ciudad y, tras evaluar mi rendimiento por la ausencia de TV, llegó otro chispazo de reflexión:

—Y si he podido mantenerme todo este tiempo sin ver televisión, será que de la misma forma en que tomé la firme decisión de no encender más ese aparato podré acaso dejar de tomar bebidas azucaradas, como refrescos, café con azúcar y demás?

La respuesta fue que sí.  Desde entonces comencé otro pequeño “cambio”  en mi conducta, en este caso referente al hábito desmedido de ingerir refrescos y azúcar en cantidades desproporcionadas; es así que luego de más de 40 años tomando Pepsi Cola, Coca Cola y todo veneno azucarado que encontré por mi camino, deje, sin son ni ton,  de tomarlos de forma consiente.

A un mes de haber dado ese «pequeño paso para la humanidad, pero enorme para mí» de evitar en lo posible la ingesta de azucares comencé a notar numerosos efectos positivos en mi interior, como por ejemplo ahora recordaba mejor todo aquello que en el día realizaba sin tanto esfuerzo como antes, pues quienes me conocen saben que en ocasiones no recordaba al instante si se me preguntaba qué cosa había almorzado al mediodía, y ahora la lucidez comenzaba a retornar a mi mente, de manera progresiva y gradual la claridad de mis actos y mis recuerdos han venido consolidándose e incluso los sueños ahora los recordaba aún más nítidamente.


Algo “muy extraño” sin duda estaba ocurriendo en lo profundo mis conexiones cerebrales, allá entre mis dendritas y sus intercambios eléctricos causantes del fenómeno físico-químico que genera los recuerdos se había amplificado con apenas un mes de haber reducido al mínimo el consumo diario de azúcar.

Lo más asombroso es que si pensarlo ni habérmelo propuesto de manera forzada había iniciado cambios en mi manera de alimentarme y de llevar mi vida que por años me había sido casi imposible realizar. A excepción de la ingesta de la carne de cerdo la cual dejé de consumir ya hace aproximadamente 20 años al entender que su composición molecular –que en su mayor parte es de átomos tamasicos-, resultaba dañina para la evolución espiritual, ahora dejaba tanto la tele como el azúcar y aunque usted no lo crea fue a raíz de una decisión personal asumida un día cualquiera, en esos puntos de inflexión que la vida presenta de vez en cuando.

Tras evaluar detenidamente que si se podían realizar cambios de timón que redundasen en mi evolución interior me centré de nuevo y en solitario, una vez más y me pregunté qué otro pequeño “giro” podía iniciar que mejorará mi entorno. Primero analicé mi personalidad de cabo a rabo, ponderando un sinfín de defectos psicológicos que he venido arrastrando desde mi infancia y que en muchos de los casos había alimentado todo este largo tiempo y que podían ser una amenaza a mi desarrollo espiritual en esta nueva etapa de mi existencia.

La ayuda me vino al enfocar el asunto desde el ámbito netamente astrológico, pues al pertenecer al signo Escorpio por la astrología occidental y al “Gallo” según la ciencia China, mis tendencias planetarias dominantes me hicieron escuchar la voz de aquel célebre Horangel, el mismísimo de “Los Doce del Signo”. Me parecía tener al elegante estudioso de los astros frente a mí diciéndome con su acento argentino: Escorpio…. Activo, con mucho liderazgo, capaz de lograr grandes  empresas, amante de lo oculto, mujeriego, parrandero, le gustan los retos y además es propenso a la infidelidad…!

Una vez que mi imaginación en la voz de Horangel me mostró algunas de mis facetas más acentuadas y ocultas según los astros fue más fácil determinar por cuál lado debía comenzar a trabajar la parte lóbrega de mi personalidad, pues se veían de manera clara dos caras de una misma moneda: la de mujeriego y la infidelidad. Debía entrarle con todo al escabroso asunto de la sexualidad escorpiana.

Si bien es cierto que desde hace mucho y gracias a mis principios había de alguna forma controlado esa tendencia escorpiana a caer bajo la seducción del sexo opuesto y en especial si la persona maneja una energía sexual alta como la que nosotros los aguijonéanos generamos, también no es menos cierto que ese “gusto” por lo oculto muchas veces se expresa o termina manifestándose en relaciones subterráneas que en nada ayudan a nuestra evolución interior, al contrario, complican la existencia y te hacen entrar en la balanza de la Ley del Karma, tal y como decían los antiguos giros en la parte de atrás: “sin aviso y sin protesto”. En este caso debí invocar la ayuda de mis Ángeles Protectores, pues ya no se trataba de un acto consiente de dejar la azúcar o no encender la tele, SINO DE UNA ACCIÓN que sin duda involucraba los intríngulis de mi subconsciente psicológico.

Para ilustrar bien el asunto de manera pedagógica debo decir que desde el primero de mayo la Ley Divina me permitió rehacer mi vida con una bella e inteligente mujer la cual llegó a mi existencia justo cuando más requería del apoyo y comprensión de una persona que me devolviera eso que casi había perdido para ese momento como lo es las ganas de seguir adelante. Como sé que Dios no abandona a sus hijos en ningún caso, por muy mal que uno se hubiese portado, apelé a esa máxima divina y le pedí la oportunidad de rehacer mi vida y a la vuelta del correo, tras duros meses de espera, pagamentos y meditación, apareció esa persona con la que tanto había soñado, retornó el amor a mi camino y, dándome de forma voluntaria una nueva oportunidad, he vuelto a sentir lo que significa el estar enamorado de la vida, de Dios y por supuesto del complemento físico al cual todos tenemos derecho, más aún si hemos entrado en la Senda de la medicina Sagrada, como es nuestro caso.


Aclarado el punto pasemos a lo que explicábamos, pizarra y lapicero en mano. Pedí, invoqué y clamé, pues, una noche de esas, a mis Ángeles protectores que me ayudaran a disolver hasta la más oculta semilla de ese germen de la infidelidad que pudiera encontrarse dentro de mí; ello sin duda implicaba un terrible voto de castidad y de fidelidad hacia la pareja que comenzó a compartir conmigo su Destino. Esto lo debía hacer en privado, no se trataba de salir al balcón de mi enamorada y gritarle en plena calle de lechería: TE AMOOOOOOO! O algo así, -aunque sé que a ella le hubiese fascinado esa muestra callejera de amor-, pero no, no se trata de eso. El voto de fidelidad es un compromiso ante la vida, ante Dios y ante ti mismo. Es tomar a la Hidra mitológica de la infidelidad y trabajar psicológicamente a cada una de sus múltiples cabezas, como la fornicación, el adulterio, la promiscuidad, etc, etc, y es donde esa fuerza divina interior que algunos conocen como «Davi Kundalini» o «Madre Divina» debe actuar cada vez que se sienta que una de sus cabezas brota y visualizar como es desintegrada por la energía de ese poderoso ser interior que todos llevamos dentro.

Tus Ángeles protectores a los cuales uno apela tras una invocación desde el corazón, son el primer paso a dar. Les pedimos que nos ayuden a acabar definitivamente y para siempre con ese hábito de andar seduciendo o creando lazos energéticos con cuanta persona del sexo opuesto encontramos en la vía sin importar procedencia o su situación personal. A todas estas les pregunté a Ellos qué debía hacer para comenzar.

—Comienza haciendo limpieza en tu teléfono Franklin. –realmente te llaman por tu nombre secreto.

Quedé mudo. Miré al Ángel Protector, se trataba del de la derecha, el cual presumo que es “el bueno”. Lo veía joven, pero de una recia presencia. No dejaba de mirarme. Casi como un niño que es llevado a la Dirección de la escuela por haber cometido alguna falta a escondidas, saqué mi celular del bolsillo y tras desbloquearlo fui directo al Directorio, sabía perfectamente a qué se refería mi Ángel cuando me pidió “limpiar” el teléfono. Llegue a la letra C del directorio y tragando saliva vi como mis dedos desaparecieron para siempre de esa lista a Claudia…

Inmediatamente el Ángel de la izquierda me susurró al oído: “tranquilo, cuando te escriba lo vuelves a guardar, no ha pasado nada.” Mi corazón tembló y algo dentro de mí me generó un alivio de tísico.

—Eso no lo vas a hacer –dijo el Ángel Bueno con cara aún más severa. Cuando te escriba le dirás que tienes una relación, que disculpe y que está libre de seguir su Camino.

Acto seguido aquel Ángel levantó su dedo meñique de la mano derecha apuntando al teléfono y no me lo van a creer, ¡entró un mensaje!

—Contéstale es ella…

Sin emitir palabra alguna, pero esta vez tembloroso ante lo que ocurría, pude confirmar efectivamente era lo que ese ser de luz al cual invoqué en mi auxilio, me decía.

—Hola mi lindo… me tienes olvidada, que ha pasado que no me has escrito más…. Muy ocupadito?

—Hola amiga, disculpa es que tengo una bella relación, discúlpame de veras. Estas en  libertad de seguir tu camino

—Ahhh, Ok, gracias por decirme, chao.

Tragué grueso al ver como Claudia se desvanecía de mi vida, sentí que “algo” se soltó, como quien libera un globo y este se eleva y se desaparece en el cielo infinito….

—¿No fue tan difícil verdad? –preguntó el Ángel del lado derecho.

No. —respondí secamente.

—Continua limpiando, mueve los dedos…

Así fue que bajo la mirada escrutadora del Angel Bueno fui borrando de mi celular no sólo a Claudia, sino que tras ella desapareció Francis, María, Clara, una amiga que aunque no recordaba su nombre pero que la había guardado como “la diabla”, en fin una docena más o menos de “amigas” que de alguna manera manteníamos una proximidad que casi llegaba mas allá de la amistad.

—Listo –dije a mi custodio, mientras sentía literalmente que un enorme peso salía de mi alma, era sorprendente lo bien que me sentía aunque de repente una espinita me hincó por dentro de mi corazón y vi como el Ángel del lado zurdo me susurraba: “cállate”.

—¿Borraste a Plan B? –Preguntó el Ángel Bueno

—¿Plan B? –Pregunté sumamente extrañado sin saber a qué diablos se refería.

—¡Plan B! –Repitió, pero con un tono de voz tan fuerte que penetró por completo mi mente y llenó de luz los más oscuros rincones de mi memoria.

—Ahhhhhh! Ya…. Recordé… Plan B…..

Dios mío, se trataba de una vieja amiga  con la cual había tomado unos tragos hace ya unos meses, antes incluso de lo ocurrido en enero y que la habíamos pasado bien chévere y a la cual por razones de “reserva” denominé en ese momento «Plan B», y aunque no la había vuelto a ver muchas noches nos hablamos hasta muy tarde.

En menos de un chasquido borré a Plan B de mi directorio y esa espinita que sentía allá adentro dejó de hacerme daño. Ya todo estaba hecho.
Bueno, cuando pensé que todo había acabado y como quien espera una felicitación de su Maestro, resultó ser que mi insufrible Ángel Protector me hizo ver que aun había cosas que “limpiar”.

—Vamos ahora para Facebook –me dijo mientras movía su cabeza suavemente de arriba abajo como quien no desea excusa alguna.
—Dile que el plan de tu dispositivo móvil de Digitel se venció –me dijo el que parecía más el abogado del Diablo que mi otro Ángel Protector.
—Tengo el Bam de Digitel vencido –dije con voz entre cortada.
—Búscalo y conéctalo –respondió sin quitarme esa mirada de encima que ya comenzaba a poner mis nervios de punta.

—Mira compruébalo por ti mismo –le dije en tono odioso mientras conectaba mi bam Digitel a la Ienova…

Asombrosamente mi Bam se había activado y como nunca la computadora se inició en un pestañeo.

—¡Guuuaoooo! Chamo… tú deberías venir cada fin de mes para que me recargues el dispositivo móvil –le dije mientras digería el asombro.

—Es Solo por el día de hoy –me respondió el Ser con voz menos severa que las veces anteriores.

Para resumir el cuento y proteger la identidad de muchos de mis ex contactos del Face, les digo que en menos de 20 minutos desaparecieron cerca de 70 de mis mejores amigas de esa red social, al punto que temí por instantes quedarme solo con mis parientes y unas cuantas docenas de  amigas entre las cuales sobrevivió mi bella amiga Marisol… la dulce madre de mi nuevo amor…
—¿Y a ella también la borro? –pregunté con tono de molestia y presto a hacer click en Eliminar amistad.

—No, a ella no la puedes borrar tonto, ella va a ser tu suegra— esputó mientras atinaba a darme un cocotazo en la testa.

Finalmente, mis Ángeles Protectores, tanto el bueno como el del otro lado, se despidieron y pude ver como se marchaban subiendo por unas escaleras las cuales no veía por supuesto. Se alejaban conversando entre ellos aunque ya no podía oírlos, pero un poco antes de desaparecer el de la derecha voltió a mirarme y levantó el dedo índice en mi dirección como quien sentencia.

—Sí, sí, ya sé –respondí creyendo entender lo que pretendía decirme.

Un segundo después de que entrara por el portal que se abrió a la altura del techo de mi habitación el segundo Ángel, al que llamé abogado del Diablo,  me miró, guiño un ojo y se fue tras de su gemelo.

Es por ello que he acordado para mí festejar cada día 25 como el Día de la emancipación de la conciencia, como recordatorio permanente de los cambios a los cuales me comprometí desde el 25 de enero de 2015 y que continúan «en pleno desarrollo». Como siempre debo aclarar que este compromiso de mejorarme a m mismo es un reto de cada día, de cada semana, de cada mes y de cada año. No pretendo afirmar que estoy libre de pecado, no al contrario, lo que supongo es que me he vuelto consiente de algunos de esas acciones que por lo general uno viene acarreando desde hace mucho y que, de no trabajarlas con determinación, tarde o temprano terminan por descarriarnos, sacándonos  del camino a la felicidad.

Espero pues que esta humilde experiencia sirva de referencia para mis lectores y que pronto reciba sus comentarios en los cuales me digan que cada cual también instauró su propio día de emancipación, que un buen día decidió cambiar X ó Y aptitud que le impedía avanzar en la vida y que, de manera consciente y voluntaria,  dio el primer paso hacia la transformación radical de su ser.

¡Salud y buena pinta hermanos!

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